martes, 30 de noviembre de 2021

Todos los precios son marginalistas

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Todos los precios son marginalistas

Una demostración de cómo está funcionando la prensa de masas lo encontramos al tratamiento informativo otorgado al incremento del precio de la electricidad. En vez de realizar un análisis fundamentado de los motivos que hay detrás del mismo, con harta frecuencia, se ha optado por aceptar los razonamientos de los más ingenuos y pueriles defendidos por los nuevos políticos de partidos radicales intervencionistas.

Así, uno de los razonamientos más defendidos, y difundidos, ha sido que el fuerte incremento del recibo de la luz se ha debido al sistema de fijación de precios marginalista que da lugar a “beneficios caídos del cielo”. Una argumentación que tiene la intención de responsabilizar como “malo de película” a las empresas capitalistas exonerando al gobierno. Según este relato serían los grandes empresarios los interesados en fastidiar a los modestos consumidores. De hecho, alguno de estos nuevos líderes ha llegado a decir que les estamos pagando “se están pagando sardinas a precio de percebes”.

Lo sorprendente de esta versión, tan generalmente aceptada por una prensa que en otro tiempo fue seria, es que cualquier estudiante de primero de economía sería capaz de explicar al gacetillero más modesto que ¡Atención! ¡Todos los sistemas de precios de todos los productos son marginalistas!

Si, efectivamente, todos los precios formados en todos mercados, también en los que funcionan sin ningún tipo de intervención gubernamental son marginalistas, es decir, se establecen al nivel de los costes marginales, al tiempo que suponen los ingresos marginales de los oferentes. Una solución que hace que la producción y a la asignación de los bienes y servicios sea la más eficiente posible, o como dicen los economistas, dan lugar a óptimos de Pareto que empuja a los precios hacia abajo hasta el nivel de los costes. El motivo es que como los costes marginales crecen con la cantidad producida, inicialmente se produce de la forma menos costosa, y a medida que la demanda es mayor, se produce de forma más cara. Un sistema que es tan beneficioso para el consumidor que ha generalizado entre las clases más populares estándares de vida que hasta el desdichado Luís XVI hubiese deseado para sí.

Sin embargo, en el ultra intervenido mercado eléctrico es el gobierno quien decide qué sistema de producción entra en primer lugar y cual lo hará posteriormente para, de esta forma, conformar por criterios políticos -que no económicos- el mix energético. Porque han “vendido” a los electores la falsedad de que la electricidad producida de forma sostenible es más barata, cuando es evidente que esto no es así.

Es decir, como el proceso de des-carbonización energética es caro, pero no se quiere reconocer en las campañas electorales, algunos gobiernos deciden ocultar este hecho a sus votantes, y ahora, cuando la realidad se impone, como siempre, tienen que dar la culpa a otros. Así que nada mejor que un palabro técnico-económico poco intuitivo como “precios marginalistas” para trasladar la responsabilidad del desbarajuste o los siempre socorridos “oscuros capitalistas”.

En definitiva, lo más triste de esta historia no es la utilización política de la mentira que al fin y al cabo siempre ha sido así, sino el papel que está jugando una buena parte de la prensa actual, antes considerada “cuarto poder” y ahora "correa de transmisión del poder". Pues no es posible pensar que aceptan y difunden este tipo de argumentaciones por aceptarlos como una explicación racional de un hecho objetivo cuando un estudiante de primer curso de carrera está en condiciones de desmentir.

 

 

domingo, 28 de noviembre de 2021

La imaginación política

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El liderazgo es mostrar un camino hacia una situación mejor, es crear una guía hacia un mundo en donde se puedan alcanzar más bienes y, también, deshacerse de más males. En este sentido no cabe duda que la izquierda muestra mucha más habilidad que la derecha en construir liderazgo. No porque sus propuestas sean realistas o auténticamente convenientes, sino por el simple hecho de hacerlas.

Desde mi punto de vista, aunque es la derecha quién tiene más capacidad argumentativa e instrumentos intelectuales sólidos, es la izquierda, sentimentaloide, simple y utópica, quién ejerce el papel de guía social. ¿Por qué esto es así? Pueden ser muchos los motivos, aunque, personalmente me inclinaría a pensar que desde la derecha se suele pensar que para hacer que la sociedad funcione bien es suficiente con tomar las medidas adecuadas cuando se está en los puestos de mando del poder. Mientras que la izquierda, por su parte, considera que lo relevante es la lucha por todos y cada uno de los resortes del poder, sean del nivel que sean.

Este último es el motivo por el que la izquierda en el Gobierno, o fuera de él, crea constantemente organizaciones para premiar a militantes e influir difundiendo sus ideas. Por eso mismo dedican mucha más energía a controlar los principales medios de comunicación, crean sindicatos, fundaciones culturales, penetran en la escuela, en las universidades, en los departamentos de inspección, en las organizaciones no gubernamentales, en las películas y series que subvencionan, en las organizaciones internacionales, incluida la ONU, etcétera. Es decir, como la batalla no se limita a ganar unas elecciones le dan enorme importancia a la política total, por tierra, mar y aire. A las imágenes y los gestos. Así, cuando tienen ocasión rebautizan calles, colegios y hasta cambian el nombre de la ciudad o la comunidad con criterios ideológicos.

También modifican las denominaciones de concejalías, consellerías o ministerios. Adaptan ideológicamente el calendario, y eligen a los hijos ilustres o personajes históricos de su devoción, condenando a la hoguera narrativa a los que detestan. De esta forma, han llegado a conformar la “imaginación política» de una parte muy considerable del público, al que le venden la idea de la república, la independencia, los tranvías o lo que sea. Por muy irreales y ficticias que resulten se convierten en ideas-fuerza
que se introducen, a través de los poros epiteliales, en las mentes de amplísimos sectores. Lo que les permite gobernar incluso desde la oposición.

Las masas eligen el error cuando les seduce. Por eso, desde mi punto de vista, la derecha debería alterar sus objetivos inmediatos. Sin duda tiene que poner énfasis en ganar las próximas elecciones, pero, sobre todo, debería
poner mucho más en difundir su propia «imaginación política». Tiene sobrados y potentes argumentos. Acumula una experiencia de éxitos. Cuenta con simpatizantes, en muchos ámbitos y sectores, capaces y ganas de compromiso a los que tan solo hay que cuidar, apoyar y potenciar.

Tejiendo así, con perspectiva, un liderazgo múltiple y realista que, lejos del humo pernicioso de los rivales, permita mejoras sociales auténticas. De hecho, muchos politólogos actuales opinan que la división izquierda-derecha, ya no es la más adecuada. Pues la izquierda post-obrera se está caracterizando por lo que se podría llamar “el pensamiento Disney», esto es, por hacer propuestas infantiloides alejadas de la realidad que nunca consideran las consecuencias y resultados de sus acciones. Las
supersticiones ya no son religiosas, sino políticas. Ahora la división es más entre sí se acepta o no el debate racional e ilustrado.

Ante este panorama, con toda seguridad, son muchos los ciudadanos que echan de menos los gestos y las acciones encaminadas a valorar y difundir una imaginación política más imbricada y conectada con la verdad y la realidad. La lucha por el poder no es deshonrosa, pero quizás, para evitar que el tablero se incline del lado de los embaucadores, habría que
jugar con la misma intensidad.

Pep Ignasi Aguiló es profesor de Economía Aplicada en la Universitat de les Illes Balears.

martes, 23 de noviembre de 2021

¿Mejor un gerente que un alcalde?

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¿Mejor un gerente que un alcalde?

Una parte muy importante de la problemática municipal de una ciudad como Palma no es de orden político sino gerencial. Lo más relevante que los ciudadanos demandan de su ayuntamiento es que los muchos y fundamentales servicios municipales funcionen correctamente. La gente quiere autobuses cómodos y eficaces, limpieza de nivel, agua a precios razonables, seguridad garantizada, tráfico fluido, iluminación correcta, etc.

Sin duda, también hay temas políticos y de representación que conforman una visión de la ciudad a más largo plazo, tales como el modelo ordenamiento urbano, o la imagen que la ciudad quiere transmitir a sus vecinos y visitantes. Pero estos no deberían ir en detrimento del funcionamiento del día a día de la urbe, ni deberían configurar la estructura de Cort para que un determinado sector permanezca en los puestos de mando más allá de las confrontaciones electorales.

Hace cinco años ya escribí al respecto de este tema en un artículo publicado en El Económico titulado “City-manager” en donde me hacía eco de cómo algunas ciudades del ámbito anglosajón habían decidido prescindir de la figura de su alcalde. Ahora viendo como la actuación del nuestro, durante estas legislaturas, ha estado trufada de “alcaldadas”, al tiempo que muchos servicios dependientes del municipio, no sólo no han evolucionado al ritmo de los tiempos, sino que incluso han empeorado respecto a situaciones anteriores, me vuelvo a preguntar por las causas de tal devenir.

Hila es el prototipo de lo que podríamos denominar “funcionario de partido” es decir, de político cuyo principal objetivo es mantenerse, y mantener a los suyos, en el poder. De forma que no tiene capacidad de aceptar una idea original, o propia, para mejorar la ciudad, sino que se limita, porque para continuar su carrera no puede ni quiere hacer otra cosa, a seguir las consignas del partido, frecuentemente sometidas a la tiranía de la corrección política. Lo que, a su vez, está en la raíz del abandono de la siempre complicada buena gestión, pues, está claro que la considera una cuestión secundaria.

Nuestro sistema electoral y de partidos tiene graves defectos que se están acrecentando con el paso del tiempo, siendo uno de los más importantes el sistema de elección de candidatos, y, por tanto, del diseño e implementación de los programas. Se pone mucho más énfasis en las estrategias electorales de partido que en los auténticos debates capaces de mejorar las condiciones de la ciudadanía.

Por todo ello, al igual que opino, que nuestra comunidad autónoma debería ser la primera en modificar su sistema electoral, liderando un proceso con repercusiones en el resto de la nación. También pienso que nuestra ciudad podría ser pionera en ensayar algún tipo de fórmula para encargar a un gerente profesional, elegido por una amplia mayoría del Pleno y por un periodo de tiempo diferente al de los concejales, para responsabilizarse del buen funcionamiento de los múltiples y esenciales servicios públicos locales. Sometiendo a un especial control y transparencia toda la contratación, tanto de proveedores, concesiones, como, sobre todo, de los recursos humanos.

Por supuesto, el Pleno Municipal y su primer edil, tiene que continuar encargándose de los aspectos más políticos, algo así como la “hoja de ruta legislativa” a seguir. Una hoja que, sin embargo, se le encarga, en buena medida, al gerente. Un profesional altamente cualificado con elevados conocimientos jurídicos, económicos y de gestión, independiente de los partidos, con capacidad de coordinar los diferentes departamentos consistoriales, y cuya cotización esté vinculada a resultados.

No dudo que un nuevo alcalde puede administrar mejor que el actual, pero la tendencia será a que, tan pronto como los palmesanos hayan olvidado las recientes legislaturas, vuelvan a aparecer en el panorama nuevos funcionarios de partido con muchos de los defectos que ahora visualizamos con nitidez.

Pienso que nuestro sistema democrático necesita un “aggiornamiento”, aunque no necesariamente pasa por una modificación constitucional. El debate público es siempre el primer paso.

 

martes, 16 de noviembre de 2021

Cumbres del clima

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Cumbres del clima

El profesor de economía de Cambridge Arthur Cecil Pigou puso las bases, en las primeras décadas del siglo pasado, para el control de la economía por parte de los gobiernos. Lo hizo identificando las llamadas “externalidades” o “efectos derrame”, aunque más tarde los muy intervencionistas prefirieron la denominación “fallos de mercado”.

Tres fueron las externalidades positivas inicialmente identificadas, a saber, la educación, la salud y la protección ante la decadencia física consecuencia de la edad. Tres bienes, por tanto, a intervenir por parte de los gobiernos para configurar el “Estado del Bienestar. Está denominación se tomó del título de la obra principal de este autor. Más tarde, se añadiría la contaminación como externalidad negativa. Pues, sus defensores, argumentan que, cuando se produce, los costes sociales son siempre mayores que los particulares que soporta quien contamina. Quedó abierto, de esta forma, un vasto campo a la intervención estatal directa mediante todo tipo de regulaciones o a través de los impuestos que, en su honor, se bautizan como pigouvianos.

Por su parte, hasta hace poco al sector de la energía se le exigían tres grandes requisitos: seguridad en el suministro, competitividad económica y sostenibilidad ambiental. Los tres tenían un peso similar en el diseño de la regulación, aunque ésta fuese siempre en aumento.

Sin embargo, más recientemente, esa ponderación se ha ido alterando por la influencia de las cumbres climáticas, anteponiendo la sostenibilidad ambiental a los otros dos requisitos mencionados. Es decir, que tanto la seguridad, como sobre todo la competitividad pierden importancia en favor del clima. El pigouviano concepto de "externalidad" ha puesto a la política al frente del proceso de descarbonización. Esta es la principal causa que está en base del fuerte incremento experimentado por los precios de la electricidad y otros combustibles.

Con todo eso, toma fuerza y visibilidad la llamada pobreza energética y la desigualdad social derivada directamente de cómo se ha capitaneado la transición hacia las llamadas energías verdes. De manera que afloran dudas que hasta ahora habían permanecido silenciadas. Incluso aumentan los analistas que constatan cómo los gobiernos están convirtiendo la lucha contra el cambio climático en algo sumamente caro para la mayoría. Así aparecen nuevos interrogantes.

¿Son realmente limpias las energías verdes?, ¿Siempre van a conllevar un mayor consumo de gas fósil por su poca fiabilidad?, ¿Requieren de una fuerte minería destructora del medio ambiente?, ¿Necesitarán recursos que degraden parajes, fauna y flora?, ¿Puede suceder que alguno de los minerales que necesitan se encuentren en los lechos y fondos marinos y que estos se vean sometidos a una contaminación mayor que la derivada de la extracción de petróleo?, ¿Pueden acabar suponiendo un regreso a la producción nuclear, ahora declarada verde, tal como ha hecho Sánchez prorrogando concesiones?. Si en territorio español, por ejemplo, se rechazan explotaciones de tierras raras, esenciales para todo tipo de baterías y componentes electrónicos y electrónicos, ¿Quiere decir que hay que realizarlas en enclaves más pobres? ¿Es, en definitiva, la estabilización climática el final de la energía asequible?

En definitiva, ya llevamos el suficiente recorrido como para que tengamos la certeza de que, tras cada cumbre del clima, en la que se reafirme el concepto de externalidad, se incrementará la regulación y, con ella, el precio de la energía, así como sus cargas tributarias. Pero, sin embargo, no parece que podamos estar tan seguros de que la mejora ambiental y, sobre todo social, sea proporcional. Así que a mí, personalmente, me queda la duda de si la lucha contra el cambio climático podría haber seguido una orientación diferente.

martes, 9 de noviembre de 2021

Yolanda, instrumento de Sánchez

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Yolanda, instrumento de Sánchez

Está resultando apasionante el vodevil montado por el gobierno de Sánchez en torno a la ministra de trabajo Yolanda Díez, quien al tiempo que presumía de los buenos datos del empleo alcanzado bajo la legislación laboral reformada por Mariano Rajoy, prometía su derogación.

El gobierno de Sánchez lleva el tiempo suficiente como para haber realizado ya alguna reforma económica de calado. Sobre todo, considerando que, más allá de los juegos malabares con las cifras, el desempleo continúa siendo el principal drama de la nación al ser la mayor fuente de desigualdad entre los españoles. Sin embargo, en la agenda del primer mandatario tan sólo se puede encontrar leyes de carácter ideológico que afiancen su poder, relegando a la oposición a un papel testimonial que haga casi imposible la alternancia.

Por un lado, la necesidad de sustituir a Pablo Iglesias al frente del segundo partido de la coalición de gobierno obligaba a realizar el lanzamiento de la nueva líder con el suficiente protagonismo como para acaparar portadas de diario y aperturas de noticieros. Así que nada más fácil que arremeter con una ley identificada con el adversario político. Eso sí, sin importar lo más mínimo que, al mismo tiempo, se esté colgando la medalla de estar creando empleo a velocidad de crucero con esa misma ley. Lo importante no es la reforma en sí, tampoco lo es acabar con la catástrofe social que supone el desempleo, ni tan siquiera mejorar las condiciones laborales de todos los trabajadores. No, lo realmente importante es el lanzamiento de la nueva dirigente. Lo que quedó corroborado cuando, en plena campaña de promoción, en una entrevista realizada por Carlos Alzina en Onda Cero, el hasta hace poco principal lugarteniente del presidente Ivan Redondo incluyó a la podemita entre las tres únicas personas con posibilidades de alcanzar la silla curul monclovita.

Por otro lado, los únicos cambios normativos que se pueden vislumbrar con claridad son aquellos que han de contribuir a reforzar el poder de las grandes centrales sindicales que apoyan a los gobiernos de izquierdas y se oponen a los de derechas. Una labor que desgraciadamente lleva implícita la ampliación de la brecha entre fijos y eventuales y parados, es decir, lleva implícita la marca de la desigualdad.

La pantomima, alcanzó momentos esplendorosos cuando la propia ministra una mañana, con gesto severo y revestida con los oropeles de su cargo, anuncia su decidido empeño en la supresión de la reforma laboral del Partido Popular, para por la tarde, en un plató de una televisión amiga, declarar que no era "técnicamente" posible la completa derogación, es decir, que finalmente solo se harían retoques. Así que ahora mismo, toca otra derogación: la de la ley que bautizaron como mordaza, sin importar haberla utilizado para multar a todos aquellos ciudadanos que hicieron caso a la Constitución en vez de a las restricciones ilegales del gobierno.

Eso sí, para que los socios europeos que son quienes prestan el dinero no se alarmen, el ínclito presidente completa la escena con una televisada refriega entre vicepresidentas, generando de esta forma la confusión requerida.

Yolanda Díaz le resulta muy útil a Sánchez, quien, a su vez, necesita mantener con vida suficiente a “Unidas Podemos” como para mantener la bandera y el voto de la izquierda más extrema. También necesita una especie de ANC catalana que institucionalice su agenda ideológica, un papel que bien pueden cumplir las relanzadas grandes centrales sindicales. Nuestro pétreo presidente no dudaría ni un segundo en devolver el cadáver de Franco a su anterior sepultura si eso reforzaba su poder.

Por supuesto, toda la operación teatral está perfectamente sazonada y condimentada con un incremento espectacular de las subvenciones a sindicatos y patronales aprovechando la barra libre del BCE. Consiguiendo el efecto especial por el cual los interlocutores de las mesas de negociación ven brillar a la ministra bluf (“a panxa plena no hi entren penes'').

Definitivamente, con Sánchez se ha producido un cambio del paradigma político-electoral de la democracia española. Sin embargo, da la impresión de que no acabamos de comprenderlo. Quizás por eso, aunque a muchos las cosas no les vayan bien ¡Todos tan contentos!

 

martes, 2 de noviembre de 2021

“Balears” en vez de “Illes Balears”

 

“Balearmallorcadiario.coms” en vez de “Illes Balears”

Es sorprendente que nuestra comunidad se tenga que llamar “Illes Balears'' en vez de, simplemente, “Balears”. Y cuando, al mismo tiempo, se ha querido simplificar el nombre de nuestra capital al rebautizarla como “Palma” quitándole el apellido “de Mallorca”. ¿Por qué no hacer lo propio con el nombre de nuestra comunidad? Se diría que, incluso hay más motivos, puesto que, en este caso, el sobrenombre “Illes'' precede al nombre “Balears” creando mucha más confusión que en el caso de la principal ciudad. Una denominación compuesta, que, además, no carece de toda tradición.

Desde luego, si todo el mundo puede comprender que Palma hace referencia a nuestra mallorquina ciudad sin necesidad de expresarlo explícitamente. Pues exactamente lo mismo ocurre con la comunidad puesto que es más que evidente que las Baleares es un archipiélago, es decir, un territorio integrado por varias islas.

Una de las mayores incomodidades del nombre compuesto la puede comprobar cualquiera que busque a nuestra comunidad en un listado territorial español.  Inmediatamente dudará si tiene que buscar por la “I” inicial de “Illes” o por la “B” de “Balears” aunque, además, con frecuencia lo encontrará con la denominación invertida “Balears, Illes”. ¡Con lo sencillo que resultaría que se denominase, simplemente, Balears!

Pero mucho me temo que quienes aprobaron la ley que acortaba el nombre a la ciudad de Palma, en el fondo, no lo hicieron por simplificar el lenguaje, sino que, en realidad, subyacían motivos ideológicos en un intento de control mental. De hecho, en su momento, quisieron modificar por completo la denominación proponiendo el nombre “Ciutat”.

Si consiguieron, sin embargo, que el nombre de la comunidad vaya precedido del sustantivo “Illes'', y probablemente por los mismos motivos ocultos, puesto que esta es una denominación habitual realizada desde Cataluña, y que también, y esto seguramente es lo importante, puede simplificarse en la expresión “Les Illes” lo que denota pertenencia.

Es cierto que unos años después de la aprobación del Estatut de 1983, el nombre Illes Balears experimentó un refuerzo cuando las matrículas de los automóviles dejaron de utilizar el centralista “PM” (Palma de Mallorca) por el “IB” (Illes Balears), por la imposibilidad de utilizar el distintivo “B” que hacía casi un siglo que correspondía a Barcelona. Un problema que desaparece con la unificación de placas llevada a cabo por Aznar.

Llegados a este punto, y a pesar de todo ello, soy de la opinión que el argumento de la simplicidad es el más convincente, por lo que, debo decir, como estoy de acuerdo en que nuestra capital prescinda de su apellido. Así que, por las mismas razones, agravadas por el hecho que aquí se antepone, propongo que nuestra comunidad también prescinda de su inútil sobrenombre “Illas”.

martes, 26 de octubre de 2021

Los nuevos rebeldes son de derechas

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Los nuevos rebeldes

Aunque hasta no hace mucho los jóvenes insumisos se aglutinaban en partidos de izquierda. Ahora, como consecuencia del dominio total del sistema de pensamiento del que gozan socialistas y comunistas, los nuevos rebeldes se están apoyando en partidos de derechas.

En los últimos años, mediante la táctica de lo políticamente correcto, la fragmentación de la sociedad en colectivos identitarios, el control de los principales medios de comunicación y la penetración en los sistemas educativos y culturales, la izquierda ha impuesto sus principios de tal forma que incluso se presentan como principios de consenso universal. 

Efectivamente, tras la caída del Muro de Berlín el socialismo tradicional obrerista de clase entró en crisis, lo provocó su derrota electoral en diferentes países. Ante estos fracasos, y de forma inmediata, fue cuando la izquierda optó por el nuevo rumbo que se conoce como “socialismo del siglo XXI” con origen en el Foro de Sao Paulo.

A pesar del fiasco de Zapatero en España, la crisis de 2008 fue la ocasión propicia para lanzar el nuevo populismo izquierdista ensayado ya en varios países del otro lado del atlántico. La nueva ideología de género, el indigenismo, el catastrofismo ambiental, el igualitarismo de resultados, etc. son ideas fuerza que se han impuesto a través de un neolenguaje que evita el debate al convertir al discrepante en disidente. Es decir, han conseguido revestir sus ideas de un falso consenso, con lo cual pueden señalar a quien no comulga con ellas, condenando sin necesidad de escucharlo.

De esta forma, han ido alcanzando algunos gobiernos y puestos de mando en varios países, incluyendo el nuestro. Poniendo en marcha una política clientelar que comienza coptando los principales medios de comunicación, muy dañados por las nuevas tecnologías de telecomunicación. También, extendiendo su política de subvenciones a todo tipo de artistas, opinadores, asociaciones, etc. Muchos de ellos dedicados a perseguir por las redes, u otros medios, a todo aquel que no comulgue a sus principios.

Otras dos características de esta nueva izquierda es considerar que “lo personal es político” y ensalzar el victimismo. Por lo primero se permiten eliminar aquellos círculos inviolables de libertad que consagró John S. Mill, consiguiendo, así, generalizar una especie de autocensura de ideas y comportamientos tradicionales, o prohibiéndolos directamente. Por lo segundo se activa un potente generador de identidad al tiempo que se señala a algún tipo de hipotético opresor, lo que garantiza una confortable inocencia más allá de toda duda razonable.

En nuestro país, incluso antes del mencionado Foro de Sao Paulo, los nacionalistas regionales ya habían puesto en práctica esta forma de actuación, por lo que su alianza con la izquierda resulta consustancial. Así, en ambos casos, como la verdad ya no importa aparecen dirigentes que tan sólo repiten consignas sectarias sin importar si son contradictorias. En su conjunto, este ambiente conduce, inexorablemente, a una gran intolerancia en nombre, paradójicamente, de la propia tolerancia.

Por todo ello, cuando algunos jóvenes, como es propio de su edad, se cuestionan la realidad de nuestro tiempo y realizan un análisis racional, ilustrado y documentado de la sociedad que les ha tocado vivir. O cuando desean profundizar en los problemas acudiendo al estudio de sus raíces, pensando por sí mismo sin aceptar lemas prefabricados. Con mucha frecuencia adoptan posturas de derechas, liberales, conservadoras o una mezcla de ambas.

Este es un fenómeno que vengo observando desde hace algún tiempo en la Universidad, y que creo que se está reforzando con la plataforma youtube, en donde una serie de jóvenes muy preparados e independientes, aprovechando la potencial financiación que el canal puede proporcionar, están dando su opinión sobre los problemas de nuestra era, tras estudiarlos con detenimiento, es decir, con sólida argumentación racional. Lo que les lleva a contar con decenas de miles de seguidores.

Para los amantes de la libertad, la racionalidad y la responsabilidad como fundamentos sociales es, sin duda, una buena noticia, un rayo de esperanza.

martes, 12 de octubre de 2021

Política inflacionaria

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Política inflacionista

Durante los años setenta, del pasado siglo, cuando los déficits públicos se convirtieron en explosivos, se recurrió a financiarlos a base de imprimir dinero. Motivo por el cual la inflación escaló a posiciones elevadas. Tan elevadas que muchos países llegaron al colapso, como fue el caso de Gran Bretaña con su duro “Invierno del descontento” de 1979.

Aquí, en España, también padecimos las consecuencias de la degradación inflacionaria de la peseta, aunque, como estábamos inmersos en plena transición política y el sector público tenía mucho margen de crecimiento se pudieron camuflar las responsabilidades.

En cualquier caso, ante los devastadores efectos provocados por la inflación en una buena parte de los países occidentales, se inició una lucha sin cuartel contra este enemigo invisible. Una lucha que se apoyaba, por un lado, en otorgar independencia a los bancos centrales respecto a los gobiernos en la gestión de la política monetaria. Lo que, por otro lado, equivalía a forzar a los ejecutivos a operar con equilibrio presupuestario.

Todo parecía ir bien con la entrada del nuevo siglo cuando estalló la crisis de 2008. Inicialmente se intentó afrontarla con el rigor de la lección aprendida acerca de la inflación. Aunque pronto se vio que los gobiernos democráticos, precisamente por serlo, tenían enormes dificultades para cumplir con los principios básicos de la buena economía. O más crudamente, se pudo observar como estos fueron totalmente incapaces de llevar a cabo las reformas necesarias para poder cumplir con el equilibrio y la sostenibilidad de las finanzas públicas, fortaleciendo al conjunto de la sociedad. De hecho, muchos de los que sí lo intentaron fueron expulsados del poder por las urnas.

Así entramos debilitados en la nueva crisis originada por la mala gestión de la pandemia. Por lo que las autoridades vuelven a recurrir al viejo truco de imprimir dinero. Lo que inexorablemente supone la degradación del mismo, es decir, el inicio de un proceso inflacionista. En otras palabras, el “péndulo de la política económica” ha vuelto a los años setenta del siglo XX.

Así que ahora resulta interesante desempolvar los libros, las crónicas y las hemerotecas de aquel tiempo. Pues, a pesar de los grandes cambios sociales experimentados en el medio siglo transcurrido, se están cumpliendo muchas de las fases económicas que entonces conocimos.

Cuando a finales de 1973 el precio del petróleo inició su ascendente escalada se recurrió al control de precios, aunque eufemísticamente acabó llamándose “política de rentas”, tal como se intenta hacer ahora con la electricidad. Los alquileres, por su parte, estuvieron congelados por la política populista de Franco que tanto se parece a la del gobierno actual.

Todavía no hemos llegado a la fase en que los salarios crecen, pero por debajo de la inflación, lo que en definitiva supone una pérdida de poder adquisitivo que lleva a los sectores más sindicalizados, y con mayor capacidad de presión, a iniciar huelgas reivindicativas y competitivas cada vez más contundentes, ante las cuales solo se puede ceder.

Recuerdo que mi primer año en el añorado Instituto Ramón Llull de Palma, me pasé más de tres meses sin clase por las reivindicaciones de los profesores. Por último, las devaluaciones de la moneda supusieron un empobrecimiento colectivo respecto a otros países.

Finalmente, cuando la inflación se convirtió en insoportable estanflación, los gobiernos del socialista González de los ochenta tuvieron que afrontar un programa de reformas que incluyó la dura "reconversión industrial", que le supuso una importante merma de votos en las comunidades autónomas más afectadas. Y eso que contó con la gran ventaja de poder expandir el tamaño del sector público hasta los límites actuales.

Y es que la política inflacionaria es más asumible inicialmente, que su alternativa de afrontar las reformas estructurales que, necesariamente, rompen con el statu quo social que todo político, surgido de un proceso electoral o que pretenda la popularidad, desea preservar. Pero a largo plazo esa política deviene destructiva y, además, lo más paradójico es que sólo se puede salir de ella encarando el proceso reformista que se intentaba evitar.

martes, 5 de octubre de 2021

PIB: ¿Dónde está la bolita?

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PIB: ¿Dónde está la bolita?

El PIB (Producto Interior Bruto) es un instrumento económico que tiene su origen en los mandatos del presidente Roosevelt, aunque este no llegó a utilizarlo. Es por tanto, una herramienta muy reciente, cuyo uso se generalizó con las ayudas estadounidenses a la reconstrucción de posguerra. Estaba encaminado a facilitar la información necesaria para que el gobierno pueda intervenir en la economía, al objeto de suavizar o incluso evitar las fluctuaciones cíclicas de la misma. Su misión concreta es medir la producción agregada (total) de todo un país o región.

Desde que, inicialmente, lo diseñara Simon Kuznets ha cosechado toda suerte de críticas, principalmente por parte de aquellos que no vinculan el bienestar con su base económica. De hecho, como alternativa menos economicista, se propuso, hace unos cincuenta años, su sustitución por el IDH (Índice de Desarrollo Humano) para otorgar más protagonismo a variables menos netamente económicas.

Sin embargo, hoy me gustaría destacar solo dos críticas diferentes que no suelen figurar en los medios. La primera se refiere al efecto de la inflación, que llevó a que durante algún tiempo se diferenciara entre PIB nominal y PIB real. Puesto que, evidentemente, un incremento generalizado de los precios conlleva un incremento del valor nominal del PIB, que no se corresponde con un incremento de la producción real.

Con las grandes inflaciones, experimentadas en la década de los setenta, que sólo terminaron cuando la mayoría de países comprobó en sus propias carnes sus devastadores efectos, se inició una lucha sin cuartel contra ese monstruo que destruía el valor del dinero e imposibilitaba el funcionamiento del complejo sistema de precios libremente negociados. Una batalla que culminó con éxito con la adopción del Euro, tomando como referencia al sólido Marco alemán. Luego, con la estabilización del valor de la moneda, dejó de resultar relevante distinguir entre ambos tipos de PIB, y ya casi no lo hacemos.

Así pues, ahora sin esa diferenciación, un aumento generalizado de los precios, tal como desgraciadamente vuelve a ocurrir, se traduce inmediatamente en un incremento de los guarismos de la macromagnitud, a pesar de que, desde luego, esto no sea real. Una circunstancia que un gobierno populista, como el actual, aprovechará para desplegar todo su enorme aparato propagandístico en un nuevo capítulo de engaño masivo.

El otro problema del cálculo del PIB es que todo mayor gasto público (sea del tipo que sea) siempre lo mejora. Es decir, más gasto público significa más PIB con independencia de si este es productivo o no. Así, por ejemplo, un simple incremento del sueldo de los funcionarios, o directamente pagar por hacer agujeros que después se vuelvan a tapar, se traduce directamente en un aumento ponderado del PIB, aunque, lógicamente, no se haya producido ningún incremento de la producción con tales acciones. Este es pues, otro truco susceptible de utilizarse de forma torticera y propagandística por los gobernantes cortoplacistas menos escrupulosos, tan frecuentes hoy en día.

Los citados son tan sólo dos de los problemas más conocidos de la contabilidad nacional, que muestran a las claras como la honestidad es el prerrequisito necesario que permite hacer de la variable macroeconómica en una herramienta útil para la mejora social.

Todo esto lo cuento porque a raíz del último episodio vivido la semana pasada con la fuerte corrección, por parte del INE, de la cifra estimada de crecimiento para el segundo trimestre, justo después de que la ministra del ramo acabara de anunciar otra muy superior. Me he acordado de mis años en la actividad política, pues, en aquel tiempo, también de crisis, cada vez que una institución diferente a la nuestra anunciaba un buen dato económico, los más veteranos del entor          no exclamaban “¡¿Dónde está la bolita?!”.

martes, 28 de septiembre de 2021

Pedro Sánchez es la consecuencia de nuestro sistema político

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Pedro Sánchez es la consecuencia de nuestro sistema político

Pedro Sánchez sigue, no por casualidad, el modelo de política desarrollado en Cataluña, por el cual al nacional-populista Pujol sólo le ha podido sustituir un puñado de presidents seguidores, todos ellos, de sus mismas políticas, aunque exagerando todas sus propuestas y tics electorales. El nacional-populismo lleva más de cuarenta años en el poder, y sin alternativa a pesar de sus deprimentes logros sociales.

Ciertamente, no son pocos los españoles que rechazan las políticas del actual presidente por las dificultades económicas, y, por tanto, de vida que generan. Desde luego motivos no faltan. La ausencia de reformas, como la del mercado de trabajo que facilitaría la inserción y la justicia laboral; o la tributaria que daría mayor coherencia y potencia al sistema impositivo sin necesidad de incrementar unos tipos ya de por sí muy elevados; o la energética que permitiría evitar los costes políticos en la factura eléctrica; o la del sistema de financiación autonómica que podría conducir a un menor despilfarro del gasto público; o la de pensiones para mirar al futuro con más tranquilidad, entre algunas otras, deberían constituir el camino a seguir.

Seguramente son esos mismos españoles los que rechazan el dominio gubernamental de los medios de comunicación, la política de gestos con efectos únicamente propagandísticos, la perversión de las instituciones públicas teóricamente independientes, o la compra de voluntades utilizando los presupuestos generales del Estado. Así mismo, es casi seguro que, así mismo, están en desacuerdo con las leyes de ingeniería social de igualdad-desigual, o las que intentan manipular la historia, o las orientadas a la instrumentalización de la educación, o sus prácticas corporativistas-clientelares, etc. Es muy posible que estos sean los principales motivos por los que las encuestas muestran una creciente falta de apoyo al PSOE, ya de por sí, minoritario.

Sin embargo, soy de la opinión que Sánchez tiene opciones de volver a ganar las próximas elecciones, sea cuando sea que las convoque, puesto que su forma de hacer política es la consecuencia del sistema político-electoral que nos hemos dado cuando las ideologías se difuminan.

Ciertamente, en nuestro sistema político tan sólo se escuchan las voces alineadas con las cúpulas de los partidos, lo que hace casi imposible introducir, en la agenda del debate, los temas que no superen el filtro de sus responsables de comunicación. Así, sólo se eligen aquellas cuestiones lo suficientemente generales e inmediatas como para que sus argumentos sean tan simples que quepan en un tuit. A pesar de que los problemas de nuestra sociedad son complejos, no hay lugar para la confrontación de ideas elaboradas con argumentos racionales. La apelación a los sentimientos resulta mucho más rentable electoralmente, sin importar ni la coherencia, ni el continuo cambio de criterio, ni incluso la utilización de la mentira.

Este es el motivo por el cual no se habla con claridad sobre las reformas que el país necesita para alcanzar mejores posiciones sociales, económicas y de justicia, ni tampoco sobre cómo compensar los costes y dificultades que conlleva el proceso de su implementación.

Es por todo esto que el descontento con Sánchez no tiene porqué traducirse en una pérdida de votos suficiente como desalojarlo de La Moncloa. Su acción política, mediática y propagandística, la utilización de unos presupuestos inflados por las ayudas europeas y su demostrada capacidad para utilizar todos los recursos para la colonización de las diferentes instituciones son la consecuencia de los incentivos generados por el sistema electoral.

Es cierto, que todavía no ha creado organizaciones sanchistas equivalentes a nacionalistas ANC u Omnium Cultural que le permitan responsabilizar a otros de cualquier mal, pero a su mandato todavía no ha terminado, y todos sus movimientos parecen indicar que tiene bien aprendida la lección económica que castigó a Zapatero.

Por todo ello, soy de la opinión que, sin introducir en el debate nacional al propio sistema político-electoral, a Sánchez probablemente sólo lo pueda sustituir otro Sánchez, como en el bucle melancólico catalán.

martes, 21 de septiembre de 2021

Hostal Terminus y otros bares de la Plaza de España

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Hostal Terminus y otros bares de la Plaza de España

Hace unas semanas el columnista de este diario Miquel Pascual publicó un artículo titulado “Hostal Terminus, estado terminal”, en el cual se hacía eco del desastroso estado en que se encuentra tan emblemático y bien situado local. Acertadamente, atribuía tal desmesurado despropósito a la inoperancia del conjunto de las muchas administraciones que tenemos, o más bien, que padecemos los ciudadanos.

Ese escrito me recordó que durante un tiempo la Plaza de España, el epicentro de nuestra ciudad, fue como un auténtico "tubo de ensayo" de la experimentación económica. Su múltiple oferta de bares incluía algunos de renta (alquiler) libremente negociada, con criterios de mercado, que se distinguían por su pulcritud, su eficaz servicio, su correcta climatización e iluminación y por la calidad de sus productos. Junto a ellos están los que disfrutaban de una renta antigua, congelada por intervención gubernativa desde los tiempos de la legislación franquista y que, ahora, vuelve a pretender la neo izquierda populista. En estos la característica principal era una especie de equilibrio entre unos servicios aceptables por la experiencia acumulada y la tradición de sus nombres, aunque mostraban una evidente falta de puesta al día de los principales elementos que configuran las instalaciones del local, como, por ejemplo, pueden ser los aseos, la climatización u otros.

Por último, estaba el local del Hostal Terminal, de propiedad estatal, explotado en régimen de concesión administrativa. Su aspecto era muy similar al de los cutres locales de la Habana o de otros regímenes similares al cubano. Desangelado, sin gracia ninguna, con un servicio que dejaba tanto que desear que apenas contaba con clientes palmesanos.

Para un docente de economía era una prueba cercana y fácilmente palpable de cómo el sistema capitalista más genuino, de libertad económica de contratación, conducía a una mayor satisfacción de los usuarios, lo que, al fin y al cabo, es un objetivo bastante razonable. Pues, al mismo tiempo, y tal como predice la teoría económica, los precios de las distintas ofertas hosteleras eran muy similares.

Ahora, y mientras la neo izquierda lo permita, las rentas antiguas han ido desapareciendo de manera que en el corazón de nuestra urbe sólo encontramos dos modelos de oferta de bares, los ajustados a criterios de mercado y el Hostal Terminus que, como señala Miquel Pascual, se ha convertido en un evidente nido de degradación y de ratas (animales). Una prueba más de cómo diferentes tipos de gestión conducen a resultados diferentes.

El Hostal Terminus, por su situación, por la solera de su nombre e, incluso, por su arquitectura sería oro puro en manos de particulares. Sin ningún género de dudas se convertiría en uno de los locales más brillantes, relucientes y deseados de la ciudad. Pero su degradación se suma a la de Batería Avanzada de San Carlos y a otros locales (Castillo de Bellver, Parque Krecovic, etc.) que en manos públicas primero se cierran y luego se degradan.

Ciertamente, los actuales gestores municipales y autonómicos no se distinguen precisamente por su buen hacer, pero es necesario reconocer que el problema es más profundo al estar conectado con los incentivos de los diferentes agentes económicos.

Siempre he sostenido que menos mal que el Estado, con sus variados gobiernos, se ha abstenido de participar más activamente en el mercado alimentario y de restauración, tal como han hecho en otros sectores o como en el Hostal Terminus, pues, a buen seguro, no comeríamos demasiado bien.

martes, 14 de septiembre de 2021

Gurús intervencionistas de Baleares.

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Gurús intervencionistas de Baleares.

La gran contribución de Adam Smith fue percibir, por vez primera, que la actividad económica y comercial, no es un juego de suma cero, en la que lo que unos ganan otros lo pierden, sino una acción en la que todos mejoran. Pues, con cada transacción, gana la parte que vende y también la compra. Esta es la esencia de lo que, con el tiempo, se denominaría “crecimiento económico”. Una idea simple, pero auténticamente revolucionaria, que plasmó en su célebre parábola de la mano invisible. Una mano que transformaba la búsqueda del interés personal en un beneficio social colectivo.

Ciertamente, cuando se produce crecimiento económico, todos los miembros de la sociedad pueden mejorar su posición, sin necesidad de que otros la tengan que empeorar. O, dicho de otra manera, la armonía entre los diferentes miembros de la sociedad es perfectamente posible cuando se produce riqueza. Motivo por el cual los conflictos, incluidos los bélicos, desaparecen o disminuyen en las economías que prosperan. Y a sensu contrario las contiendas suelen ir precedidas de etapas de estancamiento o decrecimiento.

Sin embargo, los socialistas, los comunistas y demás intervencionistas, siempre han interpretado la economía como una lucha entre grupos antagónicos. Nunca han aceptado la armoniosa mano invisible de Smith, prefiriendo la teoría de la lucha de clases o de naciones. Para ellos el mundo está dividido, como mínimo, en dos: explotadores y explotados, patronos y obreros, ricos y pobres, casta y plebe, oligarquía y descamisados, nacionales y forasteros, etc. Así, para que los peor situados puedan mejorar consideran imprescindible acabar con el grupo social antagónico.

Evidentemente, está última maniquea visión de la sociedad no comprende la importancia del crecimiento económico. Y, probablemente, muchos de los errores que cometen cuando gobiernan están entroncados con este básico fundamento de su doctrina. De esta forma, su gestión del poder político suele conllevar incrementos de desempleo por la reducción de la actividad productiva, con aumentos de los colectivos desfavorecidos.

Ahora, algunos gurús económicos del intervencionismo balear se muestran totalmente desorientados ante el éxito económico de la Comunidad de Madrid, con su combinación de mejora evidente de los servicios públicos y contención fiscal. La presidenta Ayuso está culminando un proceso, iniciado hace muchos años por sus predecesores, por el cual el crecimiento de la región compensa, con creces, su moderación fiscal. Poniendo blanco sobre negro el error económico de base de los intervencionistas. No encuentran consuelo ni en los gruesos libros de Piketty.

Efectivamente, es su necesidad de dividir el mundo entre categorías sociales inamovibles la que les impide considerar los grandes efectos transformadores del crecimiento económico que cambia el concepto del reparto. Cuando la tarta crece, quizás es más difícil calcular cortes iguales, pero, en cualquier caso, probablemente todos serán más grandes.

Lo mejor de la España de las autonomías es que hace perfectamente compatibles, y sobre todo comparables, los dos diferentes modelos de gestión económica y, por tanto, social. Uno en donde el crecimiento smithiano se favorece mediante mayores dosis de libertad, y otro en donde, justamente, se rechaza la libertad económica por pretender un dirigismo gubernamental.

Si la Comunidad de Madrid consigue continuar en esta línea, sirviendo de modelo a quien lo quiera seguir, los gurús intervencionistas baleares se tendrán que emplear mucho más a fondo rebuscando teorías sofisticadas que, aunque pocos conectadas con la realidad, puedan ser utilizas de argumentativo. Nada hay más potente que el ejemplo.

 

martes, 7 de septiembre de 2021

Reformas estructurales y fondos NGEU

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Reformas estructurales y fondos NGEU

Decía el gran reformista -padre del “milagro alemán” de posguerra- Ludwig Ehard que ante la enorme dificultad que supone sacar adelante las reformas que favorezcan el crecimiento económico, lo mejor era bautizarlas con la palabra “sociales”. De hecho, él fue quien diseñó y definió el modelo alemán como “economía social de mercado”. Un modelo que, sin esa nomenclatura, probablemente no se hubiese aceptado de igual manera por la liberalización económica que, en realidad, impulsaba.

Ahora, más de setenta años después la UE denomina a su nueva agenda de reformas estructurales nacionales pasan a denominarse “Planes de Recuperación, Transformación y Resiliencia”, y se acompañan de anuncios de lluvia de millones de euros en forma de subvenciones y, optativamente también en forma de créditos. Además, se explicita que las reformas tienen cuatro grandes objetivos prioritarios, un mercado laboral equitativo e inclusivo, una competencia justa, una educación moderna e igualitaria y, por último, una inversión en infraestructuras verdes.

Sin duda, la nomenclatura empleada facilita mucho el marketing político necesario para que su implementación pueda resultar lo suficientemente popular para ser aceptada. Las cantidades comprometidas también. Sin embargo, para que un programa de reformas tenga la suficiente profundidad y alcance para crear las condiciones necesarias para impulsar con fuerza la actividad económica requiere, así mismo, de otros elementos.

En concreto, es necesario que personalmente el principal líder del cambió esté convencido del rumbo que tiene seguir, al ser la credibilidad uno de los elementos más fundamentales. Durante un proceso tan complicado la credibilidad sólo se alcanza cuando se dice la verdad y, por tanto, las reformas son reales.

También es importante la calidad institucional, al facilitar que un mayor número de ciudadanos, tanto si son votantes de los partidos de gobierno como de la oposición puedan sentirse genuinamente representados y atendidos. Lo cual, además, es muy importante para que éstas puedan tener continuidad más allá de los vaivenes electorales.

Por último, las compensaciones a los perjudicados tienen que estar muy bien diseñadas y proporcionadas a las potenciales pérdidas. Lo que facilita que sean claramente conocidas por todos. Dicho en otras palabras, tienen que transmitir la necesaria seguridad de que se actúa con justicia respecto a la propia escala de valores.

Cuando esos cuatro elementos se dan, entonces la inacción política deviene más costosa, en términos electorales, que la toma de decisiones. Por lo que el proceso reformista puede tener altas posibilidades de éxito. Impulsando al país hacia una escalada de posiciones en los principales rankings internacionales.

En la historia reciente de España la conjunción de los elementos descritos, unidos a una fuerte presión exterior y a grandes dificultades económicas, llevaron a los dirigentes del momento a iniciar procesos reformistas, que, vistos con perspectiva, pueden ser calificados de exitosos.

Sin embargo, ahora mismo, no parece que nuestro país cuente con ninguno de estos elementos, puesto que ni el principal líder cree en el proceso, ni la calidad institucional pasa por sus mejores momentos, ni nuestro sistema de compensaciones goza de la suficiente claridad como para prodigar seguridad. La presión exterior, aunque existe, no tiene la fuerza que de otras ocasiones y la situación económica interna experimenta el lógico rebote.

Ante este panorama de dificultad reformista, las dudas sobre el correcto aprovechamiento de los fondos NGEU y sus resultados son, como mínimo, razonables.

martes, 31 de agosto de 2021

La Batería Avanzada de San Carlos

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La batería avanzada de San Carlos

Se trata de una de tantas vergüenzas provocadas por un "fallo de gobierno" en toda regla, uno de esos que no se suelen explicar en los libros de texto de economía. Otra costosa inversión fallida que aguarda una solución circulando lentamente por las estanterías de algún juzgado. Nuestra administración cuenta con tantos niveles que, con frecuencia, como en los casos vinculados al litoral, es difícil saber quién es el auténtico responsable.

Según reza un cartel, firmado por Ports de Balears y por la Autoritat Portuaria de Balears emplazado in situ, mediante un convenio entre distintas administraciones fechado en 2003 se aprobó un proyecto para rehabilitar las edificaciones y la zona denominada Batería Avanzada de San Carlos con el objetivo de recuperar la fisonomía original de 1762, añadiendo soluciones actuales en temas de accesibilidad. El proyecto fue encargado al arquitecto Juan González de Chaves y se llevó a cabo a lo largo del año 2010.

El mismo cartel nos recuerda que San Carlos fue el resultado de la demanda de los comerciantes palmesanos del siglo XVII que deseaban contar con una defensa para resguardar nuestro importante puerto de cualquier tipo de incursión. Así, inicialmente se construyó el Castillo y, más tarde la Batería Avanzada para poder abrir fuego a modo “de tenaza”. Por este motivo, ambas fortificaciones están situadas en los mejores emplazamientos que enlazan la ciudad con el mar.

En 2012 la Autoridad Portuaria saca a concurso el aprovechamiento y mantenimiento de las ya renovadas instalaciones consistente en un bar, cafetería y restaurante que incluye una piscina y un solárium. Ese mismo año elige a la empresa que considera más ventajosa, contando -según señalan- con el visto bueno del Ayuntamiento de Palma y demás administraciones implicadas (Consell, Ministerio, etc.).

Todavía circulan en Internet fotografías del magnífico espacio que se pretendía ofrecer a la ciudadanía. Una terraza con inmejorables vistas a la bahía y al mar abierto que, se decía, adoptan la forma de chill out mediante instalaciones provisionales y desmontables. Así, no resultaría difícil subsanar cualquier incumplimiento en materia de protección del patrimonio. Finalmente, en 2015 abrieron el local al público, contratando a 19 trabajadores.

Sin embargo, en mi opinión, el concesionario cometió el gran error de rebautizar el lugar con el frívolo nombre de “Lolita Club” de reminiscencias novokovianas. No fueron conscientes de que los políticos acostumbran a dar más importancia a las apariencias que a la realidad. Y aunque, desde luego, cambiar un nombre es más fácil que modificar cualquier tipo de instalación, el enigmático reparto de competencias entre administraciones unido a la tipología de nuestros políticos, lo hacía prácticamente imposible. Así, inmediatamente se ordenó, por parte de una de las innumerables administraciones con competencias en el litoral, el cierre del impresionante enclave. En concreto fue el alcalde Noguera.

Desde entonces, tras diversos avatares, el lugar no sólo permanece cerrado, sino que ofrece un espantoso, deplorable y terrible aspecto de degradación con abundante acumulación de suciedad que, en parte, puede acabar cayendo al mar.

En definitiva, una vez más, la falta de claridad en cuanto a las competencias del litoral (un claro fallo de gobierno) provoca un nuevo foco de degradación y contaminación, sin importar tan siquiera que el lugar sea patrimonio histórico.

¿De verdad, esperamos que sea la Administración quien solucione la catástrofe del Mar Menor?, ¿Cuál de ellas?

martes, 24 de agosto de 2021

Neocorporativismo

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Neocorporativismo

En general todos tenemos dos papeles económicos relevantes y claramente diferenciados, el primero es como trabajadores o productores y el segundo como consumidores. Por el primero, deseamos una sociedad corporativista que nos proteja de la dura competencia que empuja a los costes y, por tanto, a los salarios a la baja; mientras que por el segundo deseamos una oferta muy competitiva que nos permita adquirir los productos y servicios que consumimos con la máxima calidad y a precios ajustados. Dicho en otras palabras, mientras que como productores deseamos restricciones a la competencia o, mejor aún, que nuestro puesto de trabajo se enmarque en un sector monopolístico; al mismo tiempo, como consumidores deseamos beneficiarnos de la máxima rivalidad empresarial.

En los sectores regulados con poder monopolístico apenas se produce ningún tipo de innovación, así que ese statu quo proporciona, a quien se gana la vida en él, una placentera sensación de seguridad. Un terreno conocido y seguro con unos ingresos estables y, posiblemente, elevados. Pero a la hora de comprar, independientemente de cuáles sean nuestras ocupaciones laborales, siempre preferimos adquirir productos novedosos fruto de la energía creativa puesta en no quedarse atrás con respecto a los competidores. en tensión de quien dedica sus energías productivas a un sector altamente competitivo.

Una vez explicado lo anterior, la pregunta es ¿Desde cual de nuestros dos papeles económicos decidimos nuestro voto?, ¿Votamos como consumidores demandando preservar o incrementar la competencia empresarial? o ¿Lo hacemos desde nuestra perspectiva de trabajadores deseosos de obtener los privilegios de la regulación? Se trata de una cuestión relevante, pues además de que la mitad de la economía de un país se inscribe en su sector público, la otra mitad se configura en función de las reglas del juego que marquen las leyes.

Pues bien, si consideramos que la forma de actuar de los partidos políticos consiste en identificar a grupos sociales con interés definidos con el fin de poderles ofrecerles “promesas electorales”, podemos concluir fácilmente que, como casi nadie se identifica como consumidor y si como perteneciente a un sector productivo, las ofertas políticas potenciarán el corporativismo. Lo que tendrá como consecuencia una regulación de la actividad económica que la conduzca a la rigidez y a la pérdida de competitividad.

Esta dinámica corporativista, en la actualidad, se está desarrollando en el contexto de la economía muy vinculada con el exterior a través de una compleja red de interrelaciones comerciales. Lo que se traduce en una pérdida de posiciones en los correspondientes rankings.

Sin embargo, lo más grave es que para estimular la actividad y recuperar posiciones los gobiernos en lugar de afrontar las necesarias reformas que eliminen o reduzcan el paralizante corporativismo, optan por regar con fondos públicos la economía. Con lo que el resultado puede, perfectamente, convertirse en un fuerte estímulo de las importaciones que dificulte aún más el despegue de la actividad. Los fondos se dedicarán preferentemente a adquirir bienes y servicios producidos de una forma más eficiente y, por tanto, en el extranjero.

En definitiva, cuando la dinámica política lleva a contentar a las personas por su vertiente productiva en vez de por su papel como consumidores se acrecienta un corporativismo que dificulta la actividad económica por la pérdida de productividad y competitividad que lleva asociada.

 

martes, 17 de agosto de 2021

La enseñanza de la economía y Sísifo

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La enseñanza de la economía y Sísifo

La ciencia económica surge con el Estado-Nación, como un intento de dar respuestas a preguntas tales como: ¿En qué consiste verdaderamente la riqueza y la prosperidad?, ¿Se puede aumentar?, entonces sí es así ¿Cómo se puede hacer?, ¿Cuáles son los principales errores de los gobernantes? o, en definitiva, intentaba responder a la fundamental pregunta ¿Cómo gobernar? Es decir, se conformó como una ciencia que estudia las potenciales respuestas de la sociedad a la acción política. Por ello, los primeros tratados sobre la materia solían utilizar títulos como: “Principios de Economía Política”, o simplemente “Economía Política”. Es decir, la economía llevaba el apellido “política''.

Inicialmente, la nueva ciencia dio respuestas de tipo nacionalista, por ser estas más primitivas, simples e intuitivas, adecuadas a las preferencias de los monarcas absolutistas de los modernos estados-nación. Sin embargo, con el paso del tiempo, a medida que se profundiza en el estudio de la disciplina y la sociedad avanzaba, ésta se transforma, paso a paso, en más liberal. Luego, a finales del siglo XVIII con la triple revolución industrial, americana y francesa pasa a ser completamente liberal. Fijándose, sobre todo, en cómo en ambientes de libertad individual, los incentivos que tienen las personas para mejorar sus vidas devienen en mejoras colectivas. O, dicho de otra forma, la sociedad de hombres libres es una sociedad armoniosa en donde los distintos intereses de cada persona, o clase social, lejos de ser incompatibles entre sí, contribuyen al progreso común.

A pesar de los furibundos ataques que esta forma de pensar recibió desde las potentes trincheras marxistas, su éxito fue de tal magnitud que llegó a aceptarse como la “corriente principal” predicada desde los más importantes centros de difusión. Sobre todo, desde algunas cátedras de la Universidad de Cambridge, la gran cuna de los hombres fuertes. Una obra cuyo protagonista principal fue Alfred Marshall, quien decidió eliminar la palabra "política" de su prestigioso e influyente manual que bautizó como “Principios de Economía”. Situando así a la economía en un plano científico superior al político.

Sin embargo, a pesar de ello, los ataques al liberalismo no cesaron, sino que mutaron. Así, en los años treinta del siglo XX, el intervencionismo gubernamental antiliberal, es decir, las ansias de poder de los gobernantes y adláteres, contribuyeron a encumbrar al mediático J. M. Keynes con toda su estela de seguidores autodenominados macroeconómistas. Quienes optaron, sucesivamente, por la construcción de modelos matemáticos cada vez más complejos. Con ellos quedaron expulsados del debate los no iniciados, al tiempo que se convertía a los economistas académicos en algo así como en los hermanos menores de los genuinos matemáticos abstractos.

De esta forma, mientras una parte importante de las personas interesadas en los asuntos colectivos desea conocer los principios del pensamiento económico, con frecuencia, éste ha devenido en tan indescifrable que incluso son muchos los estudiantes universitarios de economía a los que les cuesta establecer el vínculo de sus carreras con la realidad. ¡Una auténtica lástima! De hecho, ahora es la sociedad entera la que está deseosa de conocer las respuestas que da la economía a muchas de sus cuestiones políticas del día a día. Pero como el mundo académico es incapaz de ofrecerlas, reaparecen charlatanes y embaucadores de todo pelaje que se enredan en discusiones que la ciencia zanjó hace mucho tiempo.

Por ello, desde hace tiempo sostengo, junto a las corrientes de pensamiento más genuinamente liberal, que la economía, o al menos una parte de ella, debería recuperar el apellido “política”. Quizás así dejaríamos de padecer el suplicio de Sísifo de tener que argumentar en contra de propuestas que han fallado una y otra vez a lo largo del tiempo, como es el caso de la constitución de empresas públicas de bienes básicos o el control de precios.

 

 

martes, 10 de agosto de 2021

Poder, Franco y la izquierda

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Poder, Franco y la izquierda.

El régimen nacionalista de Franco en materia económica estuvo orientado a organizar un enorme sector público que contemplaba ferrocarriles, minas, telecomunicaciones, distribución de petróleos y energía, transporte marítimo, aéreo y por carretera, además de varios sectores industriales relevantes. De hecho, para impulsar la industrialización en 1941 creó el Instituto Nacional de Industria que construyó, de forma directa, fábricas de aluminio, de nitrato, de camiones, de automóviles, grandes siderurgias, astilleros, refinerías, etc.

Controló, y limitó, los precios de muchos bienes básicos, congeló los alquileres y aceptó subidas salariales más allá de los incrementos de la productividad, como las promovidas por su populista ministro de trabajo Girón, quien también impulsó la institucionalización "paga doble" del verano. Utilizó lemas como el “ni un español sin hogar”, creando el Instituto Nacional de Vivienda y la Obra Sindical del Hogar, que se embarcaron en intensos programas de construcción de viviendas sociales. También instituyó un sistema de seguros sociales de tipo asistencialista. Y, lógicamente, nunca le hizo ascos a la inflación.

El corporativismo, le llevó a establecer una política netamente prohibicionista, en donde cada sector económico estaba cerrado y protegido de la competencia mediante claras, o sutiles, barreras de entrada.

Evitó, por todos los medios, cualquier intento de liberalización de la actividad económica.  Sólo aceptándolo cuando no le quedó más remedio por la quiebra del sistema. De hecho, inicialmente, para evitar el malestar que cualquier estancamiento económico conlleva utilizó profusamente la propaganda a través de unos medios de comunicación puestos a su servicio. Hasta 1960 España fue uno de los países más pobres de Europa.

Cuentan que cuando, ante la catástrofe económica que esa política estaba propiciando, Alberto Ullastres y Navarro Rubio presentaron al dictador el plan liberalizador de 1959, éste los despreció diciéndoles “Hagan ustedes lo que les dé la gana”. Como cuando el 12 de mayo de 2010 Zapatero anunció ante el Congreso, circunspecto y cabizbajo, el programa de ajustes y recortes más duro de nuestra generación, que dejaba de lado su buenísimo electoral.

¿Cuáles son las diferencias con las políticas económicas de los actuales gobiernos de coalición izquierdistas-nacionalistas de España o de Baleares? Ciertamente, las del franquismo guardan algo más que un parecido razonable con las predicadas por los aliados en el poder. De hecho, si no fuera por nuestra pertenencia a la UE serían casi como dos gotas de agua.

Y es que el intervencionismo tiene una larga trayectoria en España, mientras que en Baleares es un fenómeno más reciente por haber tenido una tradición algo más liberal, que se está perdiendo. Se trata de una corriente de opinión que históricamente ha sido promovida por las élites más próximas al poder. Los intelectuales intervencionistas eran los conservadores que defendían el statu quo que les beneficiaba. Sin embargo, desde la caída del Muro de Berlín y el consiguiente hundimiento del llamado socialismo real, la actual izquierda es la que ha abrazado esta forma de pensar y actuar, atrayendo a una parte importante de los capitanes empresariales y funcionariales ya instalados. El ansia de poder es el gran atractivo del intervencionismo.

Definitivamente, el poder es el poder, por lo que para los actuales dirigentes de las coaliciones izquierdistas-nacionalistas gobernantes Franco es sin duda una obsesión, pero en cuestiones económicas, por sus cuarenta años en el machito, es también una fuente de inspiración.