martes, 31 de octubre de 2023

Juedeofobia izquierdista

 Juedeofobia izquierdista

 mallorcadiario.com

A raíz de los deleznables atentados recientemente perpetrados por la organización terrorista que gobierna Gaza, hemos podido constatar el claro anti-semitismo de la izquierda. Así, por ejemplo, los miembros más radicales y extremistas del actual gobierno de España se han posicionado con contundencia contra la democracia israelí, mientras que el resto se ha limitado a evitar hacer lo propio utilizando un lenguaje ambiguo y poco preciso tendente a la equidistancia.

Ante la brutal crueldad y maldad demostrada, la pregunta es ¿Por qué esta sistemática judeofobia de la izquierda internacional y española? ¿Por qué quienes dicen defender a colectivos que han sufrido algún tipo de marginación en el pasado no hacen lo propio con los judíos? ¿Por qué aquellos que acusan a los demás de un montón de fobias, padecen ésta?

Por supuesto, el antisemitismo ha estado secularmente muy arraigado en la Europa cristiana. A los judíos se les ha culpado de casi todo, desde la muerte de Jesucristo, a la peste negra. Sin embargo, la judeofobia izquierdista no se fundamenta en esa clase de prejuicios, sino en otros más recientes. Ciertamente, la permanente diáspora, que convirtió al pueblo de Israel en judío, les impidió el arraigo suficiente a cualquier otra patria concreta, de forma que muchos europeos los consideraron extranjeros ajenos a su comunidad. Un fenómeno que se agravó con el auge de los nefastos nacionalismos europeos del siglo XX.

La diáspora obligó a la comunidad judía a optar por dedicaciones profesionales que manejaran valores económicos muy concentrados, pues, en cualquier momento, una razia o un pogromo les impedía continuar en el lugar de sus padres o de su propia infancia. Así, pasaron a valorar especialmente bienes inmateriales como la cultura y saber en todos los campos del conocimiento, aprovechando mucho el espacio abierto por librepensamiento ilustrado. Probablemente este es uno de los motivos por los que la ciencia y las artes tengan tantos y tantos protagonistas judíos.

De igual manera, siempre han considerado que la familia, nuclear y extensa, proporciona los únicos vínculos suficientemente sólidos en los cuales confiar en caso de necesidad. Un tipo de familias que se apoya necesariamente en la virtud del ahorro, es decir, en la abstención del consumo para afrontar las múltiples eventualidades a la que su condición afuerierinos les empuja.

Cuando el capitalismo comenzó a despegar, la conjunción de estudio, cultura, familia y ahorro se convertirá en una lanzadera para algunos miembros de la comunidad. Algo que, sin embargo, acabará generando nuevos recelos. Por ejemplo, los Rothschild pudieron convertirse en lo que son gracias a ser varios hermanos situados en ciudades de diferentes países. Fue la confianza en sus fuertes lazos fraternales, unida a su preferencia por el ahorro, y su elevado nivel cultural lo que les permitió realizar operaciones financieras de ámbito internacional en una época en donde la inseguridad, los engaños, los fraudes y la guerra eran las características más extendidas entre estados.

Muchas otras familias judías siguieron caminos similares, aunque de menor dimensión. Y la mayoría, por supuesto, llevó una vida muy similar a la de sus vecinos cristianos. Pero personajes como el ínclito Karl Marx, a pesar de ser el mismo judío, identificó al pueblo hebreo como un ser dedicado al dinero.

Marx construye una cosmovisión, de gran influencia, cuya principal característica es la división del mundo entre buenos y malos. Una visión que ha heredado toda la izquierda a modo de religión, puesto que su razón de ser es negar la posibilidad de la existencia de cualquier tipo de armonía social colectiva. El capitalista es el malo; el proletario el bueno, y de igual forma el judío, como si todos fueran Rothschild, también es el malo, así que quien lo limita o combate es bueno.

Ahora la izquierda de las identidades, rechaza los principales valores judíos aquí mencionados. Rechaza la familia tradicional unida por vínculos indestructibles, rechaza la cultura del esfuerzo, el saber y el ahorro, rechaza la tradición, rechaza la posibilidad de la coexistencia armónica entre grupos sociales sin intervención del estado, y, por eso mismo rechaza la libertad necesaria para que fructifique la ciencia, prefiriendo la emocionalidad, etc. En definitiva, pocas cosas son menos woke que la tradición judía.

Tras el holocausto se crea el nuevo estado de Israel, en un intento de que el pueblo judío, o al menos una parte de él, vuelva a ser el pueblo de Israel. Allí, una vez más, los valores mencionados contribuyen a crear vergeles en los desiertos, y, poco a poco, el pequeño país se convierte en uno de los más exitosos en materia de patentes, avances científicos, sostenibilidad y calidad de vida. Su genuina democracia, aunque, como todas, no está exenta de integrismos, le proporciona la fortaleza moral necesaria.

Por todo ello, la judeofobia izquierdista se transforma también en fobia a Israel, tal como estamos viendo con especial intensidad estos días. Ahora bien, la auténtica cultura europea es la conjunción de la espiritualidad de Jerusalén, la racionalidad ateniense y el derecho nacido en Roma. Por lo que podemos concluir que lo que le ocurre a la izquierda woke, en realidad, es que odia a Occidente.

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